En las enseñanzas de Santa Hildegarda de Bingen, la sabiduría no es una posesión, sino un regalo que se comparte.
Todo lo que proviene de Dios —el conocimiento, la salud, la palabra, la inspiración— se multiplica cuando se entrega con humildad.
Así, aprender y enseñar no son actos separados: son parte del mismo movimiento de gracia.
La sabiduría como don divino
Para Hildegarda, el conocimiento del mundo no nace del orgullo humano, sino de la luz viviente que Dios infunde en las criaturas.
Quien estudia una hierba o una piedra que cura, participa de esa luz y puede transmitirla a otros.
Por eso, enseñar se convierte en un acto de caridad: dar lo que se ha recibido del Creador.
“El alma iluminada por el saber de Dios se vuelve fuente de consuelo para muchos.”
— Santa Hildegarda de Bingen, Liber Divinorum Operum
Aprender en comunidad
En nuestro tiempo, donde el conocimiento se dispersa entre tantas voces, Santa Hildegarda de Bingen nos ofrece la oportunidad de hacer comunidad a través de reunirnos para conocerla y conocer su legado.
Cada miembro ofrece algo distinto: una experiencia, una receta, una reflexión o una pregunta.
Y en ese intercambio, todos aprendemos.
Dar y recibir: un camino de sanación
Compartir no es solo transmitir información; es un modo de sanar.
Cuando ofrecemos lo que hemos aprendido —con sencillez y gratitud— nos abrimos a la acción del Espíritu.
Y cuando recibimos lo que otro comparte, reconocemos la presencia de Dios en su palabra.
Así nace una comunidad viva: donde el conocimiento se convierte en servicio, y el servicio en alegría.
Santa Hildegarda nos muestra que dar y recibir no son dos extremos, sino los dos latidos de un mismo corazón en busca de la Verdad.
Reflexión final
Que este espacio sea, entonces, una pequeña escuela del alma, donde aprendamos juntos con los ojos puestos en la luz divina.
Porque todo saber que nace del amor y se comparte con humildad, permanece y florece en Dios.